Flowdex · Descubrimiento

Encontraste a La Dama

Nunca terminas de conocerla. Se deja leer con el tiempo.

Flowdex · Buenos Aires

La dama

A los que recién la conocen, el mercado les parece un animal. Un toro o un oso, según el día. Algo a domar.

Con el tiempo — si la suerte les llega antes que se cansen de pelear — entienden que no es un animal. Es una dama. Y al mercado no se lo doma. Se baila con ella.

Es el baile más largo del mundo. Empieza cuando uno entra y termina cuando uno se va, no antes. Suena un bandoneón que nadie compuso, salido de un fondo invisible. Las luces son tibias, bajas, casi de vela. El piso de madera, pulido por años de pasos, brilla apagado bajo los zapatos. Ella no espera al otro lado de la pista ni hay que cruzar un salón para encontrarla — ella es la pista, es el bandoneón, es el baile mismo. Uno se acomoda la corbata y entra.

Y desde el primer instante uno la siente. Hay algo en el aire del salón — una densidad — que no estaba antes de cruzar la puerta. No es belleza en el sentido común. Es la atracción que viene del enigma: la sensación, casi inmediata, de que adentro hay algo que vale la pena entender.

La primera vez uno la abraza torpe, sin saber dónde van las manos. Marca una figura con apuro, sin compás, antes de escuchar el bandoneón. Le pisa los pies sin darse cuenta. No es maldad — es no saber. Ella no se enoja. Ella nunca se enoja. Lo deja seguir.

Porque la dama es eterna. Antes que uno naciera, antes que nacieran sus padres, antes que nacieran los padres de sus padres, ya estaba ella sonando ese bandoneón, marcando ese compás. Y lleva todos esos años bailando despacio, para que algún día — si alguien aprende — pueda seguirle el paso.

Con el tiempo las cosas se acomodan. El ritmo empieza a ofrecerse en vez de imponerse. La pausa deja de parecer silencio y se vuelve parte de la figura. El abrazo aprende a sostenerse aunque ella se aleje un paso. Uno mira el piso de a ratos no para guiarse, sino para escucharlo. La próxima figura no se adivina — se espera.

Ella nunca corrige en voz alta. No hace falta. Cuando uno pisa mal, lo siente uno. Cuando uno entra a destiempo, lo siente uno. Cuando uno quiere llevarla a una figura que no es para esta canción, lo siente uno. Ella sigue. Lo demás se acomoda solo, adentro, en el silencio entre un compás y el otro.

Ella no está ahí para enseñar. Está para bailar. El que quiera aprender, aprende afuera — con un maestro, con horas, con espejo, con paciencia. Cuando uno vuelve al baile, ella sigue. Igual que siempre. No se fue. Nunca se va.

Hay años que no se cuentan.

Años en los que uno entra al salón cada noche, abraza a la dama, intenta seguirla, y sale derrotado. No con la derrota grande del que pierde todo — con la chica, la silenciosa, la que duele más: la del que sigue creyendo que la próxima canción va a ser distinta.

Hay noches en que uno se queda después del último compás. Ella sigue ahí — nunca se va. Uno la ve bailar sola, despacito, sin nadie con quien bailar, y la estudia desde lejos. Hay madrugadas en que repasa figura por figura buscando el momento en que se equivocó. Hay días en que responde “ahí, leyendo, mejorando” a la gente que pregunta cómo va. Y se acuesta sabiendo que el progreso, hasta ahora, fue una historia que se contó a sí mismo.

Hay noches en que uno no la puede sacar de la cabeza. Le habla en silencio cuando todos duermen. Le promete cosas que no va a poder cumplir. Hay madrugadas en que uno llora sin saber bien si por ella o por uno mismo. Y hay momentos en que uno se mira al espejo y entiende, con la claridad que da el agotamiento, que esto no es para uno. Que se está engañando. Que debería cerrar la puerta del salón y no volver.

Pero al día siguiente uno está de vuelta. Con la corbata acomodada. Como si la decisión nunca se hubiera tomado.

Lo único que no se puede hacer es irse del todo. Porque algo adentro de uno entendió, sin poder explicarlo, que hay algo más en ella. Que no es lo que parece. Que su misterio atrae más de lo que su rechazo aleja.

Y se sigue. Se sigue año tras año.

Hasta que llega una noche. Para algunos llega temprano, para otros tarde, para muchos no llega nunca. Pero a los que les llega les pasa lo mismo.

Esa noche uno se queda solo después de que el salón se vacía. Y se pone, agachado, a leer las marcas que dejaron sus movimientos en las tablas del piso. Las marcas profundas son las figuras que más repite. Las tenues son los lugares por donde a veces pasa pero no termina. Si uno mira con paciencia, las marcas dicen cosas. Dónde se detiene. Dónde da la vuelta. Cuándo va a volver.

Y mientras uno está ahí, agachado, leyendo las marcas, algo se acomoda adentro. Uno deja de pedirle respuestas a la dama y empieza a hacerse las preguntas a sí mismo.

Esa noche es el comienzo de bailar de verdad. Todo lo anterior fue mover los pies.

Y lo que se entiende esa noche es que es ella la que lleva el ritmo. Aunque uno crea que la marca es suya, aunque uno crea que elige la próxima figura, el compás lo pone ella. La pausa, la aceleración, el silencio antes del próximo paso — todo viene de su lado. Lo único que uno hace, en realidad, es entrar en su tiempo. Los que entran en su tiempo bailan. Los que insisten en imponer el suyo se gastan los años intentando dominar lo que solo se acompaña.

Y se entiende también que la dama no es difícil. La parte difícil es uno. El apuro. La necesidad de mostrarse. La memoria de la última vez que algo salió mal. La cabeza en otra parte. Cuando uno se aquieta, la habitación se aquieta. La dama es la misma, el bandoneón es el mismo. Pero ya no hay pelea con nada. Hay baile.

Por eso los buenos no parecen hacer gran cosa cuando uno los ve bailar. Caminan. Hacen pausas. A veces se quedan quietos un compás entero, escuchando. Y al despedirse de la dama, ella los saluda con una inclinación apenas, sugiriendo que no se va a ir, que va a seguir ahí, que bastará con que uno vuelva. Y uno sabe, en el fondo, que ella va a estar eternamente en la pista bailando.

Los que se van sin entender no se van enojados con ella. Al tiempo se dan cuenta. Vuelven en otra estación, con más años en el cuerpo, con menos apuro en los pies, dispuestos a empezar de nuevo desde el primer paso. Y ella los recibe sin preguntarles dónde estuvieron. Como si nunca se hubieran ido.

El bandoneón está arrancando.

La encontraste. Ahora podés seguir el compás o volver al resto del universo Flowdex.

Flowdex · Buenos Aires